La campaña mediática contra la Selección Argentina tras la Copa del Mundo no responde a supuestos modales o arrogancia argenta, sino al profundo malestar que generó desafiar la hipocresía geopolítica y desplegar la bandera de Malvinas en las narices del establishment.
Por: Fernando Barbarán
Después de que Argentina obtuviera el subcampeonato de fútbol en la Copa del Mundo 2026, comenzó una campaña mediática para atacar a nuestro país a través de una serie de confusiones y contradicciones, como la infundada acusación de racismo y segregación.
Sin embargo, nadie discute ni cuestiona al organizador del Mundial, un país que se pasó el evento manchándolo con escándalos políticos. Antes de arrancar la Copa del Mundo 2026, Estados Unidos había prohibido la entrada del árbitro somalí Omar Artan, uno de los colegiados más destacados de África, simplemente por su condición de afrodescendiente (no fue Argentina, fueron los histórica y extremadamente racistas estadounidenses). Asimismo, el equipo nacional de Irán se vio obligado a tomar a México como sede de su estancia debido al rechazo de la administración de Trump a hospedarlos en hoteles estadounidenses. El delantero Aymen Hussein, de Irak, fue detenido en la aduana; la delegación de Senegal recibió maltrato al llegar al país del norte; les han denegado el visado a decenas de aficionados marroquíes; y el plantel de Uzbekistán fue registrado con perros antidrogas y detectores al ingresar.
En todos estos casos, la FIFA estuvo totalmente muda. No defendió ni siquiera sus intereses propios (como en el caso del árbitro somalí) y se limitó a argumentar que no podía intervenir en la política del país anfitrión. Y todo esto sin mencionar que el torneo contó con la exclusión de la Selección de Fútbol de Rusia por estar en guerra con Ucrania, mientras que con Estados Unidos (que participa en conflictos armados en los cinco continentes) no pasó absolutamente nada, al igual que con Israel y la devastación en Gaza.
Durante el campeonato de fútbol más grande del mundo sucedieron otros escándalos por los que Estados Unidos no recibió el escarmiento necesario. Primero, las polémicas pausas de hidratación, que le quitaron dinamismo y esencia a los partidos. Nuevamente, hubo obstáculos aeroportuarios y aduaneros para la Selección de Irán que impactaron en su nivel de competición. Pero lo más bochornoso fue que, por orden de Trump, la FIFA le levantó la tarjeta roja y la suspensión automática al delantero estadounidense Folarin Balogun tras una expulsión en el partido contra Bosnia.
Y finalmente fue la Selección Argentina (de la que nadie esperaba que pudiera enfrentar a los poderes fácticos en la Copa del Mundo 2026) la que se atrevió a ir más lejos que cualquiera, desatando el enojo en torno a sus jugadores. Por supuesto, me refiero al hecho político y deportivo de mostrar una bandera de las Islas Malvinas.
Los días previos al enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra por las semifinales, el gobierno nacional a través de la Ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva, la FIFA y el FBI habían prohibido expresamente que los espectadores argentinos ingresaran al estadio con insignias que hicieran referencia a las Islas Malvinas. Podían ingresar banderas nazis, piratas o israelíes, pero de Malvinas no. Esto se sumó a las tensiones generadas por los conflictos históricos entre ambas naciones, agravadas casualmente por un contexto en el que el gobierno argentino adoptó una postura muy pro-británica respecto a la soberanía en el Atlántico Sur. La administración de Javier Milei eligió no involucrarse en el folclore de enfrentar a Inglaterra y trató de enfriar la cuestión. Pero en el Mundial más escandaloso en términos geopolíticos, eso no iba a suceder.
El partido fue tenso desde el inicio. Los argentinos silbaron durante el himno inglés y estos abuchearon las estrofas del himno nacional argentino. El desarrollo del juego mantuvo la misma intensidad y ambos equipos eligieron jugar con pierna fuerte, como si trasladaran las broncas históricas de sus sociedades al pasto. Inglaterra comenzó ganando, pero Argentina logró dar vuelta el partido para ganar y clasificar a la final con dos goles agónicos en los últimos cinco minutos, obra de Enzo Fernández y Lautaro Martínez.
Hasta ese momento la gesta era épica e histórica, y todos los argentinos estábamos felices. Pero durante los festejos en el estadio, unos hinchas pudieron ingresar una bandera improvisada con pintura barata y tela de sábana de hotel que decía: Las Malvinas Son Argentinas. Los jugadores la desplegaron en el campo de juego mientras celebraban la victoria futbolística, cometiendo un acto de rebeldía que desencadenó los ataques internos y externos.
Automáticamente esto generó repercusiones en todo el mundo. El presidente Javier Milei calificó a los jugadores de “termos mononeuronales” por desobedecer la orden de no mostrar imágenes de Malvinas; e Inglaterra denunció inmediatamente a la AFA ante la FIFA. Gran parte de la clase dirigente local se vio incomodada por el mensaje y los diarios de todo el planeta titularon sobre la “arrogancia” o la “ingenuidad” de Argentina. No obstante, la Selección, a la que tanto se le exigía pronunciarse sobre temas sociales, terminó haciéndolo en el ámbito donde era protagonista, ganando un partido de una manera espectacular y plantándose frente al poder. Además de instalar en la agenda global, nuevamente, el debate sobre los territorios pendientes de descolonización por parte de Gran Bretaña.
Para millones de personas en Palestina, Bangladesh, Escocia (por mencionar algunos anti-ingleses) y distintos rincones de América Latina que cargan con una historia colonial, el triunfo representó una victoria simbólica frente al país que encabeza el mayor imperio monárquico en pleno Siglo XXI. De repente, la prensa global se vio sorprendida y decidió instalar que fue Argentina la que politizó el Mundial.
Este ataque discursivo no surgió en el vacío, sino inmediatamente después de que Argentina eliminara a Inglaterra. Una serie de artistas e influencers salieron a acusar a nuestro país de racista, generando una ola de odio extendida gracias al poder de las redes, los likes y los shares, pero carente de cualquier argumento serio o real sobre el origen de semejante animadversión.
Tras la consagración de España como campeona del mundo, el análisis estrictamente futbolístico dio paso a la construcción de un relato moral en la prensa británica e ibérica. En lugar de destacar las virtudes tácticas del equipo de Luis de la Fuente o el rendimiento de figuras como Lamine Yamal y el polémico Balón de Oro Rodri Hernández, diversos medios optaron por estigmatizar los “modales” de la Selección Argentina. Casos como el del español Diario AS, que tituló “Un triunfo del fútbol sobre la delincuencia argentina”, o la cobertura de The Guardian y la Cadena SER, reflejaron un intento deliberado por convertir un partido en una confrontación moral.
El trasfondo de esta disputa expone un escenario donde América Latina enfrenta un fuerte asedio imperialista y de grandes corporaciones que buscan profundizar la entrega de recursos mediante normativas de flexibilización y extranjerización. Pasó en Venezuela, está pasando en Cuba. En el caso argentino, este avance se combina con la anuencia de la administración nacional y de sectores de la política tradicional.
Lejos de reducirse a una cuestión de modales en una cancha, el debate de fondo interpela la vigencia de las categorías de imperialismo y dependencia, exigiendo no caer en el cinismo frente a las asimetrías del poder global. Se trata de saber, de una vez por todas, que nosotros estamos del lado de los oprimidos y no de los poderosos. Por eso, el despliegue de la bandera de Malvinas por parte de la Selección fue uno de esos momentos en que, al menos por una vez, los oprimidos le arrebatan un instante de felicidad a los poderosos.

