Por Mariano Arancibia
Argentina está otra vez en una final del mundo y el país entero volvió a salir a la calle por la misma razón. Es un privilegio haber nacido en un rincón del planeta donde el fútbol detiene el tiempo.
Cuarenta años después de aquel partido de la Mano de Dios y del mejor gol de la historia de los Mundiales, la Selección volvió a dejar afuera a Inglaterra. En 1986 fue en cuartos de final con Bilardo y Maradona. Ahora fue en semifinales con Scaloni y Messi.
El peso del triunfo trasciende cualquier partido. Porque Argentina-Inglaterra nunca es solamente fútbol. Lo volvió a demostrar la polémica por la bandera que sostenían Lo Celso y «Licha» Martínez. Lo demostraron también los hinchas en el estadio de Atlanta y en cada plaza del país, cantando: «El que no salta es un inglés». Malvinas volvió a aparecer como una herida que no cierra.
Las calles explotaron de gente hasta altas horas de la madrugada. Familias enteras salieron a festejar, chicos felices luciendo orgullosos la celeste y blanca, bocinazos, banderas y, por supuesto, lágrimas formaron parte de una postal impresionante. Esa alegría hizo desaparecer por unas horas la preocupación y la angustia cotidiana por la inflación, las deudas, las discusiones políticas y la incertidumbre de vivir en este rincón del sur del mundo.
Cuando se apagaron los festejos, desde luego, llegó la vuelta al trabajo, a pagar cuentas y a seguir peleándola. Pero durante la tarde y la noche del miércoles se impuso la felicidad.
Lionel Scaloni y un grupo de jugadores que ya entró definitivamente en la historia regalaron ese momento inolvidable.
El golazo de Enzo Fernández, cuando parecía que el partido se escapaba; las asistencias de Messi; la definición de cabeza de Lautaro Martínez y una Selección que jamás se resigna. Scaloni lo resumió mejor que nadie: «Somos únicos. No es arrogancia.»
Tiene razón. Nadie vive el fútbol como la Argentina. Ni siquiera Inglaterra, que lo inventó. Acá los clubes son mucho más que una cancha; son barrios, familias y amigos. Por eso la Selección logra algo que hoy casi nadie consigue: unir a un país que discute absolutamente todo.
El fútbol vuelve a recordarnos que existe una palabra casi olvidada: Patria. Y ahora, más que nunca, dejó expuesto lo alejado que están quienes gobiernan. Javier Milei dijo que las Malvinas «se recuperan con diplomacia sabia» y no con gestos de «patrioterismo barato y berreta».
El Presidente nunca ocultó su admiración por Margaret Thatcher y llegó incluso a reivindicar el principio de autodeterminación de los isleños. No es casual que, una vez más, quede del lado opuesto al sentimiento mayoritario de los argentinos.
La causa Malvinas está más vigente que nunca. No sólo por los 649 argentinos que murieron en 1982, sino también porque hoy empresas británicas e israelíes avanzan con proyectos para explotar petróleo en las islas, con autorizaciones otorgadas por la administración colonial y cuestionadas por resoluciones de las Naciones Unidas.
Por eso esta victoria tuvo un significado distinto. Un país golpeado económicamente, con millones de personas endeudadas, salarios deteriorados y dificultades para llegar a fin de mes, encontró durante unas horas un motivo para sentirse orgulloso. El fútbol no resuelve esos problemas, pero consigue algo muy importante: recordar que la Argentina todavía tiene capacidad para emocionar al mundo.
El épico triunfo demuestra, además, que un país periférico puede volver a sentarse en la mesa de los grandes. Que la historia no siempre la escriben las potencias. Que, al menos por noventa minutos, también se les puede ganar al imperialismo.
El domingo habrá otra final. Y pase lo que pase, esta Selección ya hizo algo enorme: devolverles a millones de argentinos la posibilidad de ilusionarse y creer en un país donde la felicidad no dependa de quienes tienen el poder de decidir quiénes pueden disfrutarla.
