UN PERRO CON RABIA – EPISODIO 2

Por Gonzalo Ramos

Oscuridad, bronca, frustración, ideación suicida y demasiado tiempo para explotar. 

Fueron los días más desesperantes que me tocó atravesar, días que no hubiera podido superar sin los litros y litros de whisky que me amortiguaron el dolor, tanto dolor que no va a caber jamás en este horrible mundo, ahora definitivamente inhabitable.

Para contrarrestar tanta muerte dándome vuelta yo tenía un revolver cargado con balas. Una de las balas ya tenía el nombre del viejo: Arturo Batista. Pero me quedaban siete y todas iban a ser usadas.

El dato del viejo me lo había pasado el guardia del banco, a él no lo tenía marcado para eliminarlo hasta que corroborara que no era parte de la operación en la que perdiste. Lo llamé, atendió a la primera y me dijo que estuvo dos semanas detenido como sospechoso de marcador, como no le encontraron nada lo largaron, pero había perdido el trabajo y, aunque entendía que la operación se había frustrado, necesitaba su pago. Evidentemente no nos había traicionado, estaba cagado y seguramente infiltradísimo por la cana, aún así le hice llegar la guita, a mí no me importaba ya quedar imputado o investigado, lo que necesitaba era tiempo y velocidad.

Del viejo ya sabíamos que no era un topo ni un señuelo, sino que sus retiros de guita todos los meses eran reales y el modo en que se movía como un lobo solitario no era simulados, lo que me quedaba por averiguar es en qué momento y quién lo contactó para pasarle el dato que lo estábamos marcando y sobre todo cuánta guita le dieron por tu vida, el viejo iba a morir pero primero tenía que hablar.

Su casa estaba en las afueras de la ciudad, extrañamente en la zona sur, en el extremo opuesto de la zona de barrios privados y rodeados de seguridad, como hubiésemos supuesto. Una casa grande de ladrillos vistos con grandes ventanales y techo negro de chapa que caía a cuatro aguas, la rodeaba un terreno enorme con un manto de césped impecable y ni una planta, ni un adorno, una alfombra limpia perimetrada por un muro de dos metros y medio de bloques grises. Vivía solo, no se lo veía salir más que para recibir las entregas de los deliverys. Obviamente había suspendido las salidas al banco y estimo que estaría esperando que se enfríe la cosa para volver a las calles o bien fugarse. Yo le había dado quince días, nada más.

Como sabía que estaba recontra monitoreado ya sea por la banda que contrató o por la cana, me ocupé de registrar cada movimiento, cada cambio de guardia oculta durante dos semanas y tenía decidido entrar el día 15 a las tres de la mañana, la hora del bajón. 

Como era un viejo soberbio dormía con la puerta abierta así que tras saltar el alto muro que rodeaba su caserón me fue sencillo entrar y mandarme directamente hasta donde suponía que era su habitación. Dormía boca arriba, con los ojos semiabiertos y con la radio prendida. Abrió los ojos desesperados cuando lo tomé del cuello y cuando terminé de vendarle la boca y esposarlo recién prendí la luz. Me miró sin sorpresa y terror, claramente me había reconocido. Lo senté en la cama y con el fierro en su sien le saqué el vendaje de la boca, solo atinó a respirar pero no emitió palabra, iba a ser una larga noche.

Le dije que iba a morir pero la forma la iba a decidir él, todo dependía de su colaboración. Arranqué rompiéndole dos dedos, el viejo chillaba como una comadreja pero no hablaba, saqué una jeringa con aguja y la puse junto a él, ahí esbozó un pequeño gesto de miedo, suficiente para saber que tenía la llave para abrir esa boca asquerosa de viejo sin dientes. Un pinchazo en el brazo bastó para que hable:

-Es al pedo, yo no sé nada, los que me contactaron me extorsionaron y nunca me dieron sus nombres ni les vi la cara.

Arrancó por la fácil, declararse víctima y evitar las represalias que les caben a los soplones, pero yo era un perro con rabia y las mentiras, vos sabes bien, me ponen muy irritable. Un chillido casi de niño salió de su desdentada boca cuando le metí la aguja en el ojo izquierdo, y luego siguieron grititos ahogados de dolor pero ni una palabra, entonces agarré el botiquín y comencé a cargar una jeringa con atracurio, ahí creo que lo quebré del todo porque fingió desmayarse, de dos chirlos lo senté y le mostré el botiquín cargado de materiales y ampollitas de todos los colores:

-Va a ser la noche más larga de tu vida si seguís callado o podés acceder a una muerte digna si me das los nombres.

Me miró con el ojo sano y comenzó a cantar.

-El cajero me pasó un número hace dos meses, me dijo que había una gente interesada en mis servicios y me pasó un teléfono, llamé y me dieron las indicaciones para que ejecutara la acción, pero nunca me dijeron que eran dos ni que tenía que matar a un pibe, sino no lo hubiera hecho.

Lo miré sin sentimientos, como quien mira a un perro muerto en la ruta, le pedí la descripción del cajero y el teléfono desde donde había llamado.

Le vacié la jeringa vía intravenosa, eran seis de la mañana, todavía no amanecía y la rabia que no cesaba. La bala con su nombre la dejé sobre su frente.

Deja un comentario