“Uno siempre muere demasiado pronto… o demasiado tarde” Jean Paul Sartre.
Enero de 1989, la soporífera tarde salteña es invadida por los acordes que un JVC doble casetera arrancaba de un TDK (cinta cromo) con la leyenda garrapateada “Stud Free Pub”.
El grupo de amigos y amigas convocados por la escucha, se mantenían en silencio, concentrados y expectantes. Por fin había llegado lo prometido por el flaco Finotti. La audiencia, al principio timorata, a medida que pasaban los temas se soltaba y una atmósfera de encanto inundaba la habitación del Chelo. Parecía que los posters de Queen, Pink Floyd, entre otros, cobraban vida y se sumaban al evento. A partir de esa tarde se abrió una puerta, como Blake en 1790, a la percepción.
Descubrí o entendí a Leary y su política del éxtasis, eso de expandir la conciencia y la libertad en vez de las instituciones de poder, a entender que es la cultura y la contracultura, a entender que la emancipación comienza en el interior de cada uno y que es un hecho político.
Paralelamente el futuro era todo un palo y había llegado hacia rato, con un gobierno donde una cultura de pizza y champagne indicaba el camino al “primer mundo”. Esa banda que habíamos descubierto aquella tarde, comenzó a preguntarnos de qué lado de la mecha nos ubicábamos o quiénes eran nuestros héroes en todo ese lío. Crecimos y entre amuletos y talismanes desafiamos el destino.
En esa empresa para algunos, los nubarrones se convirtieron en tormenta y llego la oscuridad. Mientras que otros ansiaban que la muerte los encontrase con vida. Vaya tarea, fina, muy fina. Así crecimos, nos hicimos grandes, viejos…
Vivimos, cantamos, bailamos, lloramos, abrimos nuestros corazones como hoteles, también nos olvidamos de chequear el contestador. Pero aprendimos que la vida solo cuesta vida y que debemos alzar nuestras copas más lindas y cantar, cantar porque donde hay dolor habrá canciones.
No sirvo para tristes despedidas…
Solo chau Monje Libertino.
Por: Raúl Alvarado
