“Hay que actuar con el pesimismo de la inteligencia y con el optimismo de la voluntad”. Antonio Gramsci, filósofo, periodista y político italiano muy influyente dentro del marxismo del siglo XX.
El 27 de abril de 1937 muere Antonio Gramsci en Italia, durante el período negro del fascismo. En el aniversario de su muerte intento recordar la vida de este incansable pensador marxista cuya praxis revolucionaria lo llevó a desarrollar tres conceptos claves para la filosofía política: relaciones de fuerzas, hegemonía y partido.
Nino Gramsci
Antonio Gramsci, o Nino, como le decían de pequeño, nació en el sur de Italia, en la isla de Cerdeña, el 22 de enero de 1891. Gramsci nació en Ales y creció en Cerdeña en una familia muy pobre. Su padre fue encarcelado por problemas administrativos cuando él era niño, lo que dejó a la familia en una situación económica muy difícil. Desde pequeño sufrió una enfermedad que le provocó deformaciones en la columna (probablemente mal de Pott, una forma de tuberculosis ósea). Por eso tenía una estatura baja, una espalda encorvada y dolores crónicos, lo que lo acompañó toda su vida.
En una Italia totalmente marcada por las diferencias regionales entre el norte industrializado y urbano y el sur atrasado y agrario, Antonio no fue la excepción y padeció las condiciones estructurales de haber nacido en la Italia meridional. De niño estuvo dos años sin poder ir a la escuela y, cuando logró ingresar, solo podía alimentarse una vez al día por órdenes de los instructores. A los once años tuvo que trabajar en una oficina pública haciendo mandados. Esto lo convierte en un distinto, ya que, a diferencia de otros revolucionarios marxistas, Gramsci no provenía de una familia acomodada. Sin embargo, al haber experimentado desde muy chico los abusos de las clases altas italianas, desarrolló un profundo rechazo hacia los ricos y los poderosos, que canalizó a través de la militancia política. En 1911 viajó a Turín para estudiar en la Facultad de Letras. Los escasos recursos financieros de su familia hicieron que tuviera que estudiar y vivir en condiciones muy precarias, lo que limitó su paso por la universidad, aunque llegó a graduarse en lingüística luego de cinco años de vida austera y dificultades económicas.
No obstante, su paso por Turín fue revelador, ya que vivió en primera persona las huelgas de los trabajadores industriales del norte italiano, lo que terminó de definir su orientación política hacia el socialismo. Se afilió al Partido Socialista Italiano (PSI) y comenzó a escribir en los diarios El Grito del Pueblo y ¡Avanti!. Luego fundaría La Ciudad Futura, donde comenzó a asumir mayores responsabilidades políticas dentro del partido. De a poco fue avanzando en el PSI hasta ser elegido secretario de la Comisión Ejecutiva, desde la cual aprovechó para vincularse con el movimiento obrero.
Mientras tanto, en la Rusia zarista se producía la primera revolución socialista triunfante de la historia de la humanidad, la Revolución Rusa de 1917. Los bolcheviques irrumpieron en la escena mundial para cambiar las relaciones internacionales para siempre. Antonio celebró ampliamente esta victoria del proletariado e impulsó la visión bolchevique del marxismo hacia el interior del PSI y también hacia el movimiento obrero italiano. Adhirió al partido a la Tercera Internacional, luego de haber sido creada por Vladimir Lenin. Gramsci siguió de cerca los análisis del líder bolchevique y comenzó a establecer paralelismos entre los soviets de Rusia y los consejos de obreros de las fábricas en Italia. Apuntó a estos últimos como la nueva base de la autonomía y el autogobierno obrero, a diferencia de los sindicatos, que solo estaban reducidos a la negociación con los empresarios. Vio en los consejos una institución política dentro del movimiento obrero capaz de guiar al proletariado italiano hacia la revolución socialista.
Gramsci continuó con su militancia política a través del periodismo y fundó otro diario: El Nuevo Orden. Este salió a la luz principalmente en las ciudades de Turín y Piamonte en el año 1919. Su lema era una de las frases que inmortalizaron a Antonio Gramsci: “Instrúyanse porque necesitaremos de toda su inteligencia. Agítense, porque necesitaremos de todo su entusiasmo. Organícense, porque necesitaremos de toda su fuerza”.
Los años 1919 y 1920 son conocidos en Italia como el Bienio Rojo. Este fue un período de ascenso de las insurrecciones obreras encabezadas por los consejos de fábrica, agitados principalmente desde El Nuevo Orden y el ala más radicalizada del PSI. Sin embargo, la patronal logró imponerse y las revueltas proletarias fueron sofocadas. Si bien la derrota estuvo marcada por la indiferencia del ala reformista del PSI y la negativa de participación de los sindicatos, en la escena política italiana apareció un nuevo fenómeno: el fascismo. Estos eran grupos extremadamente violentos que se pusieron al servicio de empresarios y terratenientes con la finalidad de atacar a las clases trabajadoras, logrando el apoyo de sectores medios de la sociedad, trabajadores desocupados, algunos desclasados y oportunistas conformistas. El fascismo italiano estaba liderado por Benito Mussolini y comenzó a ejercer prácticas ilegales que, con el tiempo, terminaron siendo avaladas por el Estado.
Luego de esta derrota de la clase obrera y del avance del fascismo, comenzaron una serie de rupturas dentro del PSI. Antonio Gramsci decidió entonces fundar el Partido Comunista Italiano en 1921 para continuar con el programa político de los consejos de obreros de las fábricas y adherirse a la Tercera Internacional, que se apoyaba en la incipiente Unión Soviética. Para 1922 el fascismo tomó el poder en Italia y las cosas se tornaron complicadas para el movimiento obrero y el PCI. Sin embargo, lograron obtener bancas parlamentarias en las elecciones de 1924 y Antonio Gramsci asumió como diputado por el Véneto. Asumió con entusiasmo sus funciones, volvió a consolidar al PCI, potenció la prensa partidaria y la organización obrera en las fábricas. Pero el fascismo implantó rápidamente un régimen de persecución y violencia, avalado por empresarios industriales, terratenientes y el Vaticano. Gramsci fue perseguido por los fascistas y encarcelado en 1926.
Comenzó entonces una etapa difícil para Antonio. Fue trasladado a diversas cárceles del país para impedir que hiciera militancia interna en las penitenciarías, como había hecho anteriormente cuando organizó una escuela para presos. No lo dejaban leer, escribir, ni recibir visitas. Recién en 1929 le otorgaron permiso para escribir y comenzó a redactar lo que se conocería como los Cuadernos de la Cárcel, donde se encuentran los principales aportes de Gramsci a la teoría marxista. Estos fueron recuperados, organizados y publicados luego de su muerte.
Al momento de su sentencia en 1926, el fiscal fascista Isacco Mariani dijo una frase tristemente célebre: “Debemos impedir que este cerebro funcione durante veinte años”. Gramsci fue condenado a veinte años, cuatro meses y cinco días de prisión.
Por la gravedad de su estado de salud, finalmente le otorgaron un permiso de libertad condicional para ser trasladado a un hospital. Le ofrecieron exiliarse en la Unión Soviética con la condición de que agradeciera a Mussolini, pero Antonio se negó. Murió finalmente el 27 de abril de 1937, internado por una hemorragia cerebral.
Años después, los partisanos comunistas italianos, identificados con el PCI y las ideas de Gramsci, derrotaron al fascismo en 1945 y ejecutaron públicamente a Mussolini en una plaza de Milán.
Cuadernos desde la cárcel
Los fascistas, brutos como siempre, no sabían que al encerrar a Gramsci le dieron el tiempo necesario para escribir su obra más influyente: los Cuadernos de la Cárcel.
Las notas que realizó en prisión tuvieron que escribirse con un lenguaje en clave para burlar la censura de los guardias fascistas. No podía usar términos marxistas explícitos y por ello se volvió un maestro del camuflaje terminológico. Por ejemplo, en lugar de escribir “marxismo”, utilizaba “filosofía de la praxis”; a Karl Marx lo llamaba “el fundador de la filosofía de la praxis”. También mencionaba apodos o segundos nombres de los cuadros políticos para confundir a la censura. Otra estrategia consistía en comenzar a desarrollar un concepto en una página y continuarlo muchas páginas después, lo que generó enormes desafíos para quienes luego tuvieron que ordenar y recopilar su obra.
Además de escribir reflexiones sobre el marxismo, continuó estudiando lingüística para mantener su mente activa. Era un apasionado del lenguaje, por lo que estudió lingüística comparada, dialectos italianos y folklore. Esto le permitió reflexionar sobre cómo el idioma refleja las relaciones de poder en la sociedad. Para él, estudiar el lenguaje era también una forma de entender cómo se forma la cultura popular.
Pero no todo fue filosofía y política. También escribió numerosas cartas a su familia, especialmente a su esposa Giulia Schucht y a sus hijos. En ellas hablaba de cosas muy cotidianas, como ser cuentos para niños, consejos sobre educación y recuerdos de su infancia. A veces, incluso, inventaba historias para sus hijos, tratando de mantener el vínculo afectivo a pesar de la distancia.
También escribió algunas reflexiones interesantes sobre el fútbol. A Gramsci le gustaba este deporte y, si bien no era un fanático en el sentido moderno, lo observaba como un fenómeno social. Cuando escribía para el diario El Nuevo Orden, señalaba que el fútbol era algo más que un juego, más bien se trataba de una expresión cultural de la sociedad moderna. Le interesaba analizar cómo el fútbol movilizaba a grandes multitudes y generaba identidad colectiva. En sus artículos destacaba que el deporte tenía elementos que lo hacían muy atractivo, como la disciplina, la estrategia, la cooperación entre jugadores y el entusiasmo popular. Por eso lo veía como una actividad profundamente social. ¿Habrá visto jugar a la Juventus o al Torino? No tengo pruebas de que fuera hincha de algún equipo, pero seguramente conocía el ambiente futbolero de la ciudad y los partidos que atraían multitudes. Lo importante es que Gramsci no se situaba desde una supuesta superioridad intelectual para analizar estas prácticas culturales, sino que las comprendía desde la experiencia social concreta.
Volviendo al tema, las condiciones carcelarias fueron muy duras para Gramsci. En prisión sufrió crisis nerviosas, insomnio crónico, problemas digestivos y tuberculosis. Días antes de su muerte fue trasladado a una clínica penitenciaria.
Cuando Gramsci murió en 1937, su cuñada Tatiana Schucht, su principal contacto con el mundo exterior, se encargó de rescatar los Cuadernos de la Cárcel. Logró retirar los treinta y tres cuadernos de la clínica Quisisana en Roma, los llevó a la Embajada Soviética y finalmente los envió a Moscú para ponerlos a salvo del fascismo. También participó en la protección de las notas Palmiro Togliatti, amigo de Antonio y, junto con él, fundador del Partido Comunista Italiano.
Aportes teóricos
Antonio Gramsci desarrolló varios conceptos clave para comprender cómo funciona el poder en las sociedades modernas.
Relaciones de fuerzas
Este concepto de las ciencias políticas es bastante utilizado. Según Gramsci, el poder nunca está fijo en la sociedad, sino constituido por relaciones de fuerzas entre las clases sociales y sus instituciones. Las instituciones pueden ser las económicas (las industrias, las empresas, el mercado), las del Estado (los poderes ejecutivos, legislativos, judiciales y las fuerzas represivas) y las de la sociedad civil o las intermedias (escuelas, iglesias, organizaciones no gubernamentales, clubes, sindicatos, entre otras). Todas estas forman el conjunto de las relaciones de fuerza que, como dije previamente, están en constante movimiento. Las clases trabajadoras y los revolucionarios nunca deben estar pasivos en esta tensión; deben tomar la iniciativa para volcar las relaciones de fuerzas a su favor y consolidar el poder. Muchas veces se utiliza el término de las relaciones de fuerzas para explicar las reivindicaciones sociales. Por ejemplo, en Argentina las relaciones de fuerza que ejercía el movimiento obrero permitieron la aparición de un personaje como Perón en la historia nacional, como así también las reformas laborales o la aprobación del voto femenino; en un momento esas relaciones de fuerza se tensaron y el grupo hegemónico, con violencia, ejecutaron golpes de Estado y dictaduras sangrientas en el país.
Las relaciones de fuerza construyen hegemonía. Lo hacen a través de la violencia y el consenso. El sistema capitalista ejerce violencia contra la clase trabajadora (en principio a través de la explotación) y consenso con las instituciones aliadas. De esta manera consolida su hegemonía. Mientras más crisis tiene el capitalismo, mayor violencia implementa (ajustes, hambre, desocupación) y cuando más consolidado está su poder, es más pacífico, no por eso menos explotador.
Para Gramsci, la política y la historia no dependen solo de ideas o líderes, sino de la relación de fuerzas entre grupos sociales. Él distingue tres niveles principales:
- Relación de fuerzas sociales (estructura económica): Se refiere a la posición de las clases sociales dentro de la economía. Quién posee los medios de producción, quién trabaja, qué peso tienen distintos sectores sociales.
- Relación de fuerzas políticas: Aquí intervienen los partidos, sindicatos, organizaciones sociales y movimientos que representan intereses de clase. Es el nivel donde se construyen alianzas y estrategias.
- Relación de fuerzas militares o coercitivas: Es el momento en que el conflicto político puede implicar uso de la fuerza del Estado (represión, coerción, aparato militar).
Gramsci afirma que entender estos tres niveles permite analizar si una transformación política es posible o no en un momento histórico.
Hegemonía
El capitalismo es hegemónico, porque está construyendo su poder constantemente. Primero hay que entender que la hegemonía no es solo económica, sino que es también política y cultural. En la vida cotidiana y a lo largo de la vida del ser humano, las instituciones de la sociedad civil o intermedias, reproducen constantemente el discurso hegemónico para crear un sujeto social cada vez más conforme al sistema capitalista. Un buen ejemplo es observar todas las personas que, formando parte de la clase asalariada y afirmando que el sistema económico no funciona y no resuelve los problemas, no creen que exista otra forma vivir que no sea en el capitalismo. Un excelente ejemplo actual es la Argentina de la década del 20 del Siglo XXI: una masa variopinta de sectores afectados por las medidas liberales (trabajadores en relación de dependencia, trabajadores de aplicaciones, docentes, pequeños comerciantes, pensionados o beneficiarios de ayuda estatal), que apoyan abiertamente las políticas económicas de Javier Milei. Es un pensamiento altamente hegemonizado. Todas las instituciones económicas, estatales o intermedias funcionan con el mismo mecanismo de reproducción de la hegemonía cultural.
Gramsci explica que todo el proceso de desarrollo de la hegemonía consiste en generalizar los valores de un sector social explotador, sobre otro explotado. Generalmente, estos valores son los definidos por la clase que ejerce la hegemonía, pero siempre existirá un sector contrahegemónico que se ve perjudicado por la reproducción de esos valores, a veces más, a veces menos.
La contrahegemonía puede crear poder modificando las instituciones económicas, estatales y de la sociedad civil para que les sean funcionales a la clase explotada y le quiten influencias a la clase explotadora. Podemos ver ejemplos de esto en experiencias como la del bolivarianismo en Venezuela que crearon instituciones intermedias de fuerte poder y control popular o también pude ser el ejemplo en Bolivia, que durante los años de gestión Evo Morales-Álvaro García Linera se implementaron nuevas formas de gestión económica social en empresas, industrias y mercado.
Por otro lado, la contrahegemonía tiene que dar la batalla cultural. Para romper esa hegemonía y ese falso sentido común, es necesario analizar críticamente el sentido común que predomina en la sociedad para reducir sus puntos reaccionarios y hegemónicos y potenciar los puntos progresistas. Por ejemplo, el tema del cristianismo y sus valores contra las prácticas de la iglesia. El sentido común está tan dañado que mucha gente prefiere cobijarse en el cristianismo pensando que impulsan sus valores originales, pero en realidad están dándole poder hegemónico a una de las instituciones más peligrosas y abusivas del poder real.
En resumen, para Gramsci, una clase social no domina a otra solo mediante la fuerzas militares o coercitivas (policía, ejército), sino principalmente a través de la cultura y el consenso. La clase dominante logra que sus propios valores, creencias y visión del mundo sean aceptados por las clases subordinadas como «naturales» o «el sentido común». Ahí aparece el Estado que funciona como una “trinchera”, junto con un sistema de instituciones intermedias que alimentan la construcción de la hegemonía: medios de comunicación, redes sociales, instituciones ejecutoras de la cultura (cine, TV, música), entre otras.
La hegemonía significa que una clase dominante no gobierna solo por la fuerza, sino también porque logra que su visión del mundo sea aceptada como “sentido común” por gran parte de la sociedad. La dominación es un equilibrio entre la fuerza (coerción) y la persuasión (hegemonía). Si la hegemonía es fuerte, se necesita menos fuerza.
Partido revolucionario
Como dije anteriormente, Gramsci le presta mucha atención al tema de la hegemonía pedagógica (la reproducción del sentido común y la hegemonía de clase a través de instituciones como la escuela) y lleva esta observación a la necesidad de construir un partido revolucionario que a la vez sea el educador de la clase obrera para evitar que esta caiga en la hegemonía burguesa. Gramsci insiste en que la hegemonía del proletariado consiste en dirigir política y culturalmente a los obreros, campesinos e intelectuales y dominar por la fuerza a la burguesía, consensuando con las instituciones aliadas (sindicatos, organizaciones rurales campesinas, movimiento estudiantil) y conflictuando con los enemigos (mercado, empresarios y patronal). A todo esto, el partido revolucionario lo logrará a través de la praxis, es decir la voluntad política constante de dirigir el movimiento obrero, presionar las relaciones de fuerza y tomar el poder definitivamente.
Inspirándose en Maquiavelo, Gramsci sostiene que en el Siglo XX el Príncipe ya no puede ser una persona individual, sino un organismo colectivo: el partido político. Este es el creador de voluntad colectiva porque tiene la misión de unificar a las masas dispersas y darles una visión del mundo coherente. Sin embargo, es un laboratorio de hegemonía, ya que el partido debe ser el lugar donde se ensaye la nueva cultura que reemplazará a la burguesa. No es solo una máquina electoral, sino un educador. Por supuesto que esto depende de quién lidere y le de forma a esos partidos.
Las ideas de Gramsci, entonces, intentan explicar que el poder moderno funciona a través de tres dimensiones combinadas. La economía (estructura social), la política (organización y estrategia) y la cultura (hegemonía y sentido común). Por eso, para transformar la sociedad no basta con controlar el Estado, sino también es necesario disputar la cultura y las ideas. Por eso Antonio Gramsci es una de las figuras más importantes del pensamiento político del siglo XX y con vigencia hasta la actualidad.
Por: Fernando Barbarán
