UN PERRO CON RABIA

Por Gonzalo Ramos

Episodio 1

Era un trámite sencillo, cortar por San Martín, hacer media cuadra en contramano, girar en U mientras vos que venías caminando desde la otra esquina le arrebatabas el bolso al viejo, que en la distracción de ver un boludo metiéndose a contramano ni te iba a ver, el plan era perfecto, tan perfecto que asustaba.

Yo te vi, clarito te vi con cuando dudaste, porque te conozco, porque yo te formé y te metí en este puto negocio, puto y lindo como el cantante puertorriqueño aquel. Vi ese andar dubitativo cuando arrancaste, porque tu cuerpo y tu cabeza conectan demasiado bien y tus piernas te estaban avisando que no tenías que avanzar, ese sexto sentido ya había visto el futuro, eso que se llama intuición. Pero avanzaste porque teníamos un plan y un plan perfecto se ejecuta a pesar de las intuiciones. Al segundo paso yo también supe que se nos venía la oscuridad pero aceleré, convencido del error metí la pata derecha a fondo.

El viejo estaba parado en la garita de los taxis esperando que apareciera alguno, primera señal de alerta, nadie que sale con tanta guita del banco espera un taxi al azar, siempre tiene un sobrino o un amigo que pase a buscarlo o bien un tachero conocido que le haga el viaje, pero el dato que nos habían pasado era firme y claro: el viejo sale siempre a esperar un taxi cualquiera porque no confía en nadie, la data parecía razonable. Vestido sencillamente pero con una llamativa riñonera cruzada en el pecho, parado mirando al norte agarrando el bolso negro con la mano izquierda el viejo cogoteaba cuando aparecí a los pedos a contramano, apenas me vio venir, lejos de sorprenderse giro hacia el sur y te vio, te estaba esperando el muy hijo de puta, vi como en cámara lenta desenfundó la Glock de la riñonera y te apuntó al pecho. Vos que sos un tipo demasiado inteligente también le sacaste la ficha pero las balas son más rápidas que el pensamiento, y aún más veloz es el orgullo y por eso lejos de intentar girar para salir corriendo miraste de frente al destino y gritaste ¡tirá cagón! ¡tirá si sos macho! y el viejo tiró, tiró sin parar contra tu pecho, vos no dejaste de mirarlo y vi como antes de caer mi miraste esbozando una sonrisita, esa sonrisita que te nacía instintivamente cuando hacías alguna genialidad, esa misma que te vi cuando aprendiste solo a andar en bici o cuando ganaste tu primera pelea amateur de boxeo. No corriste ni suplicaste, tal vez te hubieses salvado pero no ibas a poder vivir con esa humillación, de eso estoy seguro y porque siempre repetías la frase de un tal Carlos Alberto: graciosos y valientes, viejo, graciosos y valientes, me repetías.

Yo vi pasar mi vida entera porque sabía que nos moríamos los dos con esas balas, sabía que iba a ser un perro con rabia el resto de mi vida, un perro sin consuelo. Frené la camioneta, me bajé a los gritos, el viejo estaba cambiando el cargador que te había vaciado, lo bajé con una patada en el pecho y no paré de golpearlo hasta que lo maté a puño limpio, como tenía que ser, le arrebaté el bolso, levanté tu cuerpo todavía caliente y lo cargué en la caja, manejé sin mirar kilómetros y kilómetros, sin mirar llegué a donde sabía que tenía que ir, al cementerio.

Las dos fosas que habíamos pagado por cincuenta años y cavado nosotros mismos estaban listas para recibirnos juntos o de a uno, le di un último beso a tu cuerpo ya frío y tieso y te eché la tierra con las manos, como te había pedido que hagas conmigo cuando terminamos de cavar las fosas mientras me cagaba de risa y te decía que si lo hacías con la pala ibas a estar una semana. Una flor y una cruz porque vos si creías, como un niño, en diosito.

Me fui, ya sin llorar, con el mandato de no volver hasta vengarte y para eso, lamentablemente, tenía que mantenerme vivo. En eso estoy…

Deja un comentario