A tres décadas de los arcos flojos de 1994 y a dos años del caos del Hard Rock Stadium en 2024, la superpotencia norteamericana vuelve a estar bajo la lupa. ¿Podrá la FIFA adaptar el mayor espectáculo del mundo a un país que insiste en tratar al fútbol como un show de medio tiempo?
Por: Fernando Barbarán
El fútbol es, por definición, el deporte más democrático y popular del planeta. Nace en las calles, se nutre de la pasión popular y explota en las tribunas. Sin embargo, en las próximas horas se enfrentará a su mayor antagonista cultural, cuando la Copa del Mundo de la FIFA regrese a suelo norteamericano para el Mundial 2026 y la maquinaria del “show business” que busca transformar la esencia del juego en una burbuja comercial y alineada de su mística.
Estados Unidos, un país edificado sobre la tradición del béisbol, el fútbol americano y el baloncesto, vuelve a albergar la cita máxima junto a Canadá y México. Y la pregunta que intento platearme acá es si la organización, esta vez, estará a la altura o repetirá los errores del pasado.
1994: El mundial del desinterés y los arcos móviles
La relación de Estados Unidos con el fútbol masculino siempre estuvo marcada por la conveniencia económica y la indiferencia cultural. En 1994, la FIFA le otorgó la sede a un país que ni siquiera contaba con una liga profesional de soccer (como le gusta decir al presidente argentino Javier Milei). En aquel momento, la comunidad internacional protestó ya que Marruecos representaba la oportunidad genuina de expandir el deporte en un continente que respiraba fútbol y todavía no había tenido la oportunidad de organizar un Mundial. Ganó el dinero.
Sin embargo, en Estados Unidos se da un fenómeno particular, que es su seleccionado femenino, potencia indiscutida de fútbol profesional y campeona del mundo en cuatro oportunidades.
Volviendo al tema, el resultado del Mundial 1994 fue un torneo estéticamente impecable para la televisión, pero vacío para el ciudadano promedio. Días antes del debut, una encuesta del USA Today reveló que solo el 25% de los estadounidenses sabía que se jugaba un Copa del Mundo en su país. Mientras el New York Times dedicaba el 70% de sus páginas deportivas al béisbol, el partido inaugural entre Alemania y Bolivia ni siquiera se transmitió por cadenas nacionales abiertos; prefirieron sintonizar el Abierto de Golf de EE.UU. Para colmo de males logísticos, los partidos se disputaron en estadios de fútbol americano mal adaptados, con distancias insostenibles y arcos que se movían con cada pelotazo porque no estaban fijados correctamente al suelo.
Aquellos groseros errores organizativos y el desinterés local terminaron quedando en un segundo plano debido al impacto del doping de Diego Armando Maradona. La imagen del astro saliendo de la mano de la enfermera en Boston le salvó la cara a una organización deficiente.

El Super Bowl fallido de la Copa América 2024
Si 1994 demostró desinterés, la Copa América 2024 encendió las alarmas rojas de cara al Mundial de 2026. El intento de organizar un espectáculo con lógica norteamericana para un público puramente latinoamericano demostró sus fallas en la final entre Argentina y Colombia en Miami.
El colapso de los accesos en el Hard Rock Stadium, los fanáticos colándose por los ductos de ventilación y la posterior decisión de abrir las puertas sin control de entradas generaron avalanchas, pasillos bloqueados y un retraso de 82 minutos que puso en riesgo la seguridad de miles de personas. A esto se sumó la insólita extensión del entretiempo a 25 minutos (violando el reglamento de la FIFA de 15 minutos), solo para encajar un concierto de Shakira de siete minutos. Una clara muestra de la farandulización del deporte.

La advertencia de Bielsa y la geopolítica de la FIFA
El técnico argentino de la Selección Uruguaya de Fútbol, Marcelo Bielsa, ya lo había anticipado en una histórica y explosiva conferencia de prensa durante esa misma Copa América del 2024. El rosarino desnudó las carencias del gigante norteamericano.
Criticó, con conocimiento de causa, los campos de juegos desastrosos, con césped improvisados colocados sobre las canchas de fútbol americano, donde las pelotas no rebotaban y exponían a los jugadores a lesiones. Bielsa también cuestionó los arbitrajes dudosos, mencionando además que otros directores técnicos (como Lionel Scaloni), eran silenciados bajo amenazas de sanciones su criticaban la infraestructura y organización.
Particularmente, la Selección Uruguaya tuvo problemas con fuerzas de seguridad y ellos mismos tuvieron que defender a sus familiares a golpes en las tribunas.
A este combo de deficiencias logísticas que mencionaba Bielsa en conferencia de prensa, se le suma la siempre polémica trastienda geopolítica. El Mundial de 2026 ya carga con el peso de las flexibilidades imperialistas de la FIFA, evidenciadas en la exclusión de Rusia y las trabas para que Irán compita en igualdad de condiciones fuera del territorio norteamericano, amoldándose a los intereses de la administración de Donald Trump.

¿Estarán a la altura?
Para el 2026, México (que por historia y mística del Estadio Azteca, merecía un rol central con el partido inicial y la final) y Canadá actúan como acompañantes de una sede norteamericana hipertrofiada. El torneo será masivo, recaudará miles de millones de dólares y los estadios estarán llenos. Habrá fútbol, de eso no hay duda, pero el riesgo de que el evento esté profundamente manchado por los intereses políticos y la mercantilización del espectáculo es más alto que nunca.
Estados Unidos tiene la infraestructura económica, pero todavía está lejos de entender que el fútbol no se compra con millones, se respira con cultura.
El reloj corre, y el deporte más lindo del mundo exige respeto a su esencia.
