MALVINAS 44 AÑOS: «EL RECUERDO»

Por Gonzalo Ramos

El Recuerdo

Me habían prestado el traje y los zapatos los vecinos. Los zapatos de Juancito y el traje del finadito Vilte, el de la vuelta; me lo entregó doña Hortencia con lágrimas en los ojos, diciéndome que lo cuide como oro y que apenas lo desocupe se lo acerque, que le hizo una nueva pasada por todas las costuras para que no se rompa y que se le lo lleve cuando necesite lavarlo porque ella tiene un jabón neutro especial para el traje. Con toda la pena que esa pobre mujer transmitía me volví para casa a seguir preparando todo. El viejo me estaba esperando en el fondo con el instrumental listo para dejarme la cabeza a cero. Mi viejo con esa parsimonia de los buenos viejos -ordenados, puntuales, pulcros y dogmáticos- en completo silencio llevó a cabo la ceremonia del corte, me pasó el cepillo y recién habló. – Vaya a preparar el bolso mi hijo, que hay que acostarse temprano hoy. Asentí y fui corriendo hasta la pieza donde estaba la viejita zurciendo unas medias que le había regalado la vecina de enfrente. Tenía la vieja una capacidad en sus manos para todo lo que hiciera que daba gusto verla, cuando cocinaba era un festín de sabor, limpieza y orden, nada quedaba al azar porque tempranito hacía las compras y ya el viejo tenía el fuego prendido cuando ella volvía. El viejo con su diminuto mate de una sola oreja y la pava en el brasero la esperaba para conversar un poco de las noticias del diario y las del barrio, un ritual ininterrumpido todos los días de la semana a la misma hora y con el mismo tono apacible y sin sobresaltos.


Me pidió la viejita que baje del placard la caja grande para ver en qué estado estaba el gabán del viejo que, aunque no hacía un mes que lo había lavado, planchado y zurcido tenía que asegurarse que no le hubieran entrado las polillas. Siempre buscar en las cajas guardadas lleva mucho tiempo, porque están cargadas de recuerdos, cajas cargadas de vida, a cada objeto uno va deteniéndose volviendo a verlo todo aún más nítido que una película porque las imágenes y las sensaciones están dentro de uno mismo, vidas enteras caben en esas cajas que guardamos sobre el placard. El gabán estaba en perfecto estado, verde fulgente, suave y sin fisuras, “como nuevo” decía la viejita.


El bolso era lo único nuevo que habíamos comprado, porque decía el viejo que ahora que iba a viajar mucho lo fundamental era un buen bolso pero lo que valía uno de esos era inalcanzable para la plata que cualquier familia común manejaba, aun así el viejo tenía toda la plata junta, eligió uno de cuero negro, espacioso, con pocos bolsillos y con un hermoso toro marcando el cuero en el frente. Yo no me imaginaba la alegría que puede producir comprarse algo tan lindo y tan caro, pero, sobrio el viejo, ahí nomás me paró la chata. –Usted no es lo que tiene hijo, usted es lo que piensa y hace, estas cosas no son más que accesorios y no lo hacen a uno ni mejor ni peor. Pero la sonrisa en la cara no se me borraba y el viejo también se lo veía orgulloso, porque aunque era cierto lo que él decía también tener un poco más que lo justísimo era gratificante y era la primera vez en mis dieciséis años que tenía esa sensación.


A veces uno piensa si lo de los viejos es todo una simulación para educarme, si en realidad habían sido atrapados por la mediocridad del mundo y cuando yo no estoy dicen malas palabras, se ríen de los vecinos y gastan la plata en banalidades, y uno piensa así porque es lo común, lo aceptado inclusive, pero no, jamás les encontré una fisura, un temple de hierro tienen los dos y no es sobreactuación, sino consistencia.


A las cinco de la mañana, con el bolso listo e impecablemente ordenado me despedí de la vieja con un interminable abrazo en el que copiosamente lloramos y nos prometimos amor eterno y constante. Ese minuto interminable fue interrumpido por un leve carraspeo del viejo que disimulaba su emoción sonándose las narices y culpando al fresco de la madrugada.


El recuerdo de la viejita en el portón de la casa haciendo lo imposible para no derrumbarse de tristeza es la imagen viva que para mí tiene eso que llaman melancolía.
Media hora antes llegamos a la estación y nos sentamos en el último banquito y ahí el viejo me tomó del hombro y me dijo las palabras más determinantes de mi vida:

Hijo, la guerra no es un juego, la guerra es muerte y sufrimiento, la guerra es lo que construye al mundo y sus naciones, la guerra es necesaria e inevitable, pero más necesarios e insustituibles son los guerreros, los que se lanzan temerariamente a construir una patria libre y soberana. Nuestra familia, humilde como es, tiene como único capital y legado haber aportado sus mejores hombres a la causa de una patria justa y esa es la misión que usted lleva, ser el mejor combatiente en el lugar que le toque estar.
En la guerra, la vida y la muerte son más que en cualquier otra situación, caras de una misma moneda. Usted sea valiente y piense, cada vez que las fuerzas lo abandonen, en todos los muertos que han regado con sangre esta tierra, la tierra en la que el amanecer está cada vez más cerca si sus soldados son leales, fuertes y fieros ante el enemigo. Hijo nosotros lo esperamos, aquí vamos a estar para lo que necesite, pero si usted no vuelve o cuando vuelva no nos encuentra sepa que lo amamos como nadie ama en este mundo y que es el orgullo más grande ser padre de un valiente guerrero que se sale de sí mismo para brindarse a su patria.


El tren ya estaba en su justo horario de partida, el viejo mes estrechó en un duro, cálido y único abrazo y se fue sin mirar atrás. Cualquier arma que empuñara después sería de papel a comparación de las armas que el viejo me dio en esa nuestra primera y última charla…

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