GUERRA DE MALVINAS: EL ENEMIGO INTERNO

“Nuestros oficiales eran nuestros peores enemigos” Ernesto Alonso, ex combatiente.

El 2 de abril de 1982 desembarcaron en las Islas Malvinas tropas argentinas con el objetivo de recuperar un territorio que nos había sido arrebatado por los ingleses en el año 1833. La guerra de 1982 estuvo definida desde el principio por una serie de errores de la Dictadura Militar como ser diplomáticos, militares, estratégicos y cualquier otro ámbito donde Argentina podría haber tenido una posición ventajosa. En esta columna se analiza uno de los hechos más aberrantes que cometieron los militares durante la guerra de Malvinas de 1982: la tortura, abusos y abandono de las tropas argentinas.

Alexander Haig (Canciller EE.UU.) y Galtieri (dictador argentino).

Los constantes auto boicots de la Junta Militar

La Dictadura Militar argentina, iniciada en 1976, con un golpe de Estado y ejecutando un terrorismo atroz, con persecuciones, torturas, asesinatos, personas desaparecidas, personas arrojadas desde aviones, ente otros crímenes de lesa humanidad, estaba pasando en un momento de deslegitimidad social, ya que sumaba a sus problemas una crisis económica galopante, inflación, deuda externa altísima y una corrupción tremenda.

Y vieron en el desembarco en las Islas Malvinas una posibilidad de que la sociedad argentina renueve su voto de confianza hacia los militares en el gobierno.

A partir del 2 de abril de 1982, los errores que cometieron fueron bastantes, en diversos ámbitos. En Efemérides Necesarias I, comenté sobre la diplomacia durante la guerra y cómo la Dictadura Militar, encabezada por Leopoldo Fortunato Galtieri, decidió no aceptar la ayuda de los países del bloque del Este o enemigos de Estados Unidos (EE. UU.) en la Guerra Fría. También, en el ámbito diplomático, el canciller Nicanor Costa Méndez no tuvo las herramientas suficientes (ni los ánimos) de torcer la posición de la ONU, la OEA u otros organismos que deberían haber estado defendiendo a Argentina en el conflicto. El secretario de Estado de EE. UU., Alexander Haig, enviado para negociar con los británicos y con los argentinos una salida pacífica al conflicto, escribió en sus memorias que durante sus visitas a Buenos Aires, el ambiente en la Casa Rosada era de irrealidad total; describió a los militares argentinos como personas que creían genuinamente que EE. UU. no los abandonaría, a pesar de que él se los decía en la cara una y otra vez.

Los errores tácticos y estratégicos también abundan, por supuestos atados a la creencia de la Junta Militar de que sería una crisis diplomática y no una guerra total. Por ejemplo, el Informe Rattenbach habló sobre el despliegue de tropas argentinas en posiciones defensivas sin rotación, provocando un desgaste físico y moral inmediato. La defensa estática y poco flexible fue otro error donde se evidenció la falta de determinación y conocimientos militares de los oficiales argentinos. Las deficiencias operacionales y logísticas sumaron a la derrota, como ser la escasez de suministros, alimentos y equipamiento adecuado para el clima frío de las islas, lo que llevó a la desnutrición y enfermedades de los soldados argentinos. También hubo falta de prácticas de inteligencia actualizada en niveles superiores y desconocimiento del inglés para interceptar comunicaciones enemigas. Los errores tácticos se resumen en falta de iniciativa por parte de los mandos locales, por miedo a sufrir represalias por parte de superiores.

Un capítulo aparte se merece el “Fondo Patriótico Por Malvinas”. El secretario de Hacienda Manuel Solanet y el vicecomodoro Juan Carlos Rogani organizaron una colecta nacional televisada de dinero, oro y todo objeto de valor que pudiera ser subastado para asistir a los combatientes. La solidaridad que caracteriza al pueblo argentino fue efectiva y se recaudaron joyas de oro, alimentos, dinero en efectivo, entre otros objetos de valor. También mucha gente acercó cartas de apoyo a los combatientes. Nada de eso llegó a las Islas Malvinas. El alimento se pudrió en Comodoro Rivadavia, las cartas y los artículos para los soldados la Junta Militar decidió tirarlos a la basura y los lingotes de oro y los 54 millos de dólares recaudados se perdieron en las cuentas de las Fuerzas Armadas.

La cobardía de los oficiales superiores fue uno de las peores desventajas durante la guerra de Malvinas. Por ejemplo, Alfredo Astiz, represor de la dictadura argentina, se rindió el 25 de abril de 1982 en las Islas Georgias del Sur sin ofrecer resistencia significativa ni disparar un tiro, entregando su guarnición a fuerzas británicas superiores. Su rendición, fotografiada y publicada mundialmente, lo mostró firmando el acta ante los ingleses. Para secuestrar, torturar y hacer desaparecer a monjas o Madres de la Plaza, Astiz era el asesino ideal de la Dictadura Miliar. Pero para enfrentarse a un enemigo en situación bélica, su cobardía sin fin lo empujó a rendirse sin disparar una bala. El mejor resumen de la Dictadura Militar y su accionar durante la guerra que podría hacer, sería mencionar y desarrollar lo de Astiz y su cobardía.
Sin embargo, me queda por escribir en estas líneas, el hecho más aberrante de la Dictadura Militar durante la guerra de Malvinas, que fue el calvario que vivieron los soldados argentinos torturados por sus jefes en el campo de batalla.

Miguel Galloto, soldado argentino desnutrido al regresar de Malvinas en julio de 1982

El enemigo en las trincheras

Mientras el fragor del combate contra las tropas británicas marcaba el destino de las Islas Malvinas en 1982, en las trincheras argentinas se libraba una guerra silenciosa y oscura. No era contra el enemigo extranjero, sino contra los propios superiores.

En el año 2007, el Centro de Excombatientes de Malvinas (CECIM), presentó una denuncia ante el Juzgado Federal de Río Grande, provincia de Tierra del Fuego, con testimonios de más de ciento veinte soldados argentinos que sufrieron torturas, estaqueos, violaciones y otros tratos inhumanos. La denuncia incluyó además el caso del soldado Remigio Fernández, que murió por inanición y abandonado por sus superiores.

Uno de los casos más dolorosos es el de la desnutrición. El testimonio de Oscar Núñez, del Regimiento 12, cuenta que, tras ver morir a su compañero Segundino Riquelme por falta de alimento, Núñez y otros soldados intentaron carnear una oveja para sobrevivir. La respuesta de su jefe de sección, el oficial Malacalza, no fue el auxilio, sino la violencia. Los golpeó a patadas y luego los estaquearon en el frío.
También estuvo el caso de Rito Portillo, que según versiones de sus propios compañeros, no cayó por fuego enemigo, sino ejecutado por un cabo de su propia unidad.

El CECIM trabajó por años para reconocer estas muertes como crímenes de lesa humanidad. Y por supuesto no le fue fácil. En 2007, la entonces ministra de Defensa, Nilda Garré, reconoció que el castigo de campo (como el estaqueo) estaba contemplado en las normas militares de la época. Incluso el represor y general al mando de las fuerzas argentinas durante la guerra de Malvinas, Mario Benjamín Menéndez, llegó a defender estas prácticas como medidas disciplinarias. Luego, una de las causas de los imputados llegó a la Corte Suprema, alegando que no eran crímenes de lesa humanidad, sino crímenes comunes, situación que la Justicia entendió así. Como respuesta a eso, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner dictó el Decreto 503/15, desclasificando documentos militares en los que había constancias de los crímenes denunciados y de los actos de la dictadura con el fin de ocultarlos. En diciembre de 2018, la Justicia ordenó el pedido de indagatoria de veintiséis militares involucrados en los acontecimientos citados. Al día de hoy la causa sigue abierta. Las Abuelas de Plaza de Mayo realizaron un informe denunciando las demoras sistemáticas de la Justicia y lo elevaron a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Estos abusos no fueron simples excesos individuales en el marco del campo de batalla, sino una extensión de la metodología represiva de la última Dictadura Militar, por lo que deben considerarse como crímenes de lesa humanidad. Hoy, la lucha de los veteranos no es solo por el reconocimiento de su soberanía sobre las islas, sino por la Memoria, Verdad y Justicia respecto a lo que sucedió dentro de sus propias filas.

El enemigo extranjero

Los ingleses también cometieron sus crímenes y abusos. Más entendible porque naturalmente son el enemigo, pero crímenes al fin.

Por supuesto, el peor de todos fue el ataque y hundimiento del Crucero General Belgrano fuera de la zona de exclusión, por orden directa de Margaret Thatcher, una de las figuras admiradas por el presidente de Argentina Javier Milei. El 2 de julio de 2000, familiares de los caídos, denunciaron a Thatcher por el hundimiento de la embarcación argentina por homicidio calificado ante el Tribunal Internacional de Derechos Humanos.

Sin embargo también hubo situaciones polémicas y denuncias de crímenes de guerra.

Varios testimonios de ex-paracaidistas británicos sugieren que realizaron asesinatos de soldados argentinos heridos. Específicamente, el paracaidista Kevin Connery admitió haber ejecutado a tres conscriptos que agonizaban al final de la batalla de Monte Longdon. Investigaciones en el Reino Unido identificaron casos como el de Gary Louis Sturge, quien disparó contra el soldado Rodolfo González Arzac cuando este ya estaba detenido y herido. Los paracaidistas británicos también admitieron que utilizaron granadas de fósforo blanco en los combates terrestres, los cuales estaban y están prohibidos por los Convenios de Ginebra.

Un caso indignante fue la mutilación de Raúl Vallejo y la muerte de varios soldados argentinos, mientras eran obligados a transportar explosivos cuando estaban prisioneros. Aparentemente, los militares británicos detonaron los explosivos a propósito. En 2016 el gobierno del presidente Mauricio Macri bloqueó la posibilidad de que las víctimas y familiares demandasen a Gran Bretaña, supuestamente por no contar con las pruebas suficientes.

Durante las batallas en Monte Longdon, también sucedieron crímenes de guerra por parte de los británicos, cuando fusilaron a prisioneros argentinos, según describen testimonios de militares ingleses. A esto se suman denuncias de agresiones sexuales y abusos físicos contra prisioneros de guerra ya rendidos.

También existen registros de actos que no respondieron a ninguna lógica militar, sino a conductas individuales desviadas o rituales de guerra oscuros, como por ejemplo, los casos documentados de los soldados británicos, Stewart McLaughlin y David Parr, que recolectaban orejas de soldados argentinos muertos como trofeos.

Otra situación fue la negativa británica de evacuar heridos argentinos, luego la batalla en Pradera del Ganso, que aunque parezca razonable, los ejércitos tienen la obligación de trasladar heridos de guerra, según los Convenios de Ginebra. Lo que sucedía era que los enfrentamientos generaban un clima de venganza y deshumanización del enemigo.

En 1994, la justicia británica decidió no imputar a ningún militar, bajo el argumento de que «quienes lucharon por el Reino merecían el beneficio de la duda», priorizando el estatus de «héroes de guerra» sobre la evidencia de delitos de lesa humanidad.

Soldados argentinos llegan a Puerto Madryn escondidos después de la guerra.

Escondidos y de noche


La Junta Militar argentina, una vez firmada su rendición en la guerra, buscó un regreso discreto, nocturno y sin la participación de medios de comunicación para evitar la visibilidad del estado de los combatientes y el aumento de la indignación social. Muchos soldados llegaron en condiciones precarias, con hambre y con enfermedades. Varios de ellos estuvieron retenidos en cuarteles hasta que los engordaron y mejoraron su salud.

El regreso de los combatientes argentinos no solo fue indigno, sino que daba el inicio a un proceso de “desmalvinización” que se apresuró a hacer la Dictadura Militar, para continuar siguiendo órdenes de EE. UU. en el marco del Plan Cóndor.

Fue recién en el año 2005 que el Estado argentino tuvo un gesto con los soldados argentinos que pelearon una guerra que no entendían y fueron víctimas de la misma, cuando el 21 de julio del mencionado año, Néstor Kirchner implementó mejoras sustanciales en las pensiones para los veteranos de guerra de Malvinas y creó la Pensión Honorífica de Veteranos de Guerra de Malvinas, devolviéndoles un poco de dignidad que habían perdido durante aquellos meses de 1982, peleando contra el enemigo extranjero y el interno.

Por: Fernando Barbarán

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